Ayer fui a cenar al restaurante Zazú y puedo asegurar que jamás volveré. Empezamos por pedir una botella de champagne Veuve Clicquot. Nos dijeron que pese a estar en la carta no lo tenían. De hecho, no tenían ningún champagne francés. Bueno, no pasa nada, pensé. De los tres tipos de vino blanco que había en la carta, elegimos un verdejo, el Cuatro Rayas. Cuando nos lo estaban sirviendo nos dimos cuenta de que no era el que habíamos pedido sino otro, de una marca desconocida. Preguntamos por qué y nos dijeron que no había Cuatro Rayas. Pero la camarera no nos dijo nada en el momento de servirlo. La cosa iba a peor.
Llegó la comida y lo que había empezado mal fue a peor: el carpaccio flotaba en aceite y vinagre, y estaba excesivamente cubierto con queso. Mi lasaña abierta con pato parecía un plato propio de restaurante chino: repleto de verduras pasadas, con cierto sabor a quemado en algunos puntos y empapado de una salsa que recordaba vagamente a la del pato cantonés. Para rematarlo, estaba excesivamente picante.
Mi acompañante había pedido magret de pato. Tuvo que reclamar un cuchillo adecuado para cortarlo porque no se lo pusieron, pero incluso ese cuchillo era insuficiente para una carne que estaba seca y venía acompañada de una supuesta 'salsa de frambuesa' que, básicamente, era mermelada diluida en agua. Ante la imposibilidad de comérselo, mi acompañante se entretuvo cortando la carne en tiras y escribiendo la palabra 'MAL' sobre el plato.
Dejamos los platos prácticamente llenos y pedimos la cuenta. Estábamos esperando a que nos preguntaran qué nos había parecido o si había algún problema (algo que sería obvio para cualquier profesional) pero eso no sucedió. Pagamos por la cena lo mismo que habría costado la botella de champagne y nos marchamos pensando que casi había sido una suerte que no la tuvieran. Habría sido un desperdicio mezclarla con lo que nos sirvieron.
Después de salir del Zazú fuímos a cenar a Casa Vallejo. Había champagne, platos excelentes y una gran atención. read more