A veces la regadera no me basta para desplegar todo mi talento musical, entonces salgo a lastimar los oídos de alguien más que mi tía o los gatos de los vecinos (al perro le encanta que cante), entonces tengo que ir a ver a dónde me prestan un micrófono, y sobre todo, oídos para mis melodías.
La primera vez que fui, llevaba a mis dos amigos más opuestos, uno metalero y otro más bien rancherón estilo Potrillo.
El segundo se sintió súper a gusto porque las chicas de la mesa de junto eran súper fanáticas del Alejandrito y hasta lo habían ido a ver al Auditorio Nacional en el DF, así que no tardó en entrar en ambiente y ACAPARAR entre las 4 morras y él 5 de cada 8 canciones.
Yo, ya entonado, me la pasé bien cantando lo que fuera, al fin que salían las letritas, pero al metalero nomás no logramos animarlo hasta el final, que del puro despecho fue a cantarles a las 4 rancheritas esa de "¡Máááátalaaaaas...!". read more