Pasadas las 8 nos sentamos en este bar perdido entre las calles vacías de flores/caballito. Ahí, en la vereda, las mesas explotaban, a pesar de que la campana que anunciaba la apertura del local recién había sonado. Rebalsaba de gente, sí. Faltaban los mozos, también.
Después de una larga espera que hubiera sido tiempo ganado en Netflix o cualquier otro lugar del dameloya, hicimos lo que todos queríamos hacer: tomar una cerveza. Y de paso, porqué no, comer algo. Mala idea.
La cerveza bien, tan bien como puede estar la acción de servir una bebida en un vaso porque, digamos, los que estuvimos bien fuimos nosotros con la elección. A partir de allí, la ecatombe: esa muzzarelitas empanadas eran dos triángulos con menos gracia que... un triángulo, unos nachos (sorpresivamente) con gusto a quemado y sus correspondientes "salsas" (si es que al ketchup se le puede llamar así) y una provoleta que pasaría desapercibida en cualquier inventario de zapatero: están los cordones, están los cueros y están las suelas que son estas provoletas.
Cuando nos fuimos, debe decirse, no nos sacudieron tan duro. Y, misteriosamente, por alguna extraña razón, sólo en el momento de gatillar las mozas despertaron de su letargo. read more