La mordida
al C.E.M.A.R. "Dr. M. H. de Zuasnabar"
Al cabo el hombre huía por razones no cuestionables. Si lo encontraban, ciertamente, lo iban a matar, y no rápidamente. Cansado de su propia complicidad con este corrupto, alto dirigente de la ciudad, la provincia y la Nación (pero perteneciente a la baja calaña de los traidores a la Patria) el pueblo argentino primero lo había sacado a empujones de su trono y ahora, después de despojarlo de poder, lo buscaba ya expresamente para matarlo, porque no hay mayor fanático que un pueblo culposo y converso, reconvertido. Este ahora desesperado dirigente prófugo, harapiento, famélico y sediento, al fin redescubre el amplio río, al que se le inclina ávido, y bebe hasta saciarse lo suficiente, para recién percatarse que, casi a su lado, humean aromáticamente unas fabulosas albóndigas de carne, dispuestas entre también sabrosos fideos, los cuales, excediendo el mismo plato, exuberantes llegan hasta el mismo río.
Bastante saciada su sed, a Herpes Bitter -dirigente en cuestión-, le restaba el hambre, ahora exascerbado por las tentadoras albóndigas. Miró alrededor. Silencio. Ningún movimiento que no fuera producto de la natural brisa. Entonces (mal acostumbrado) se arrojó desesperado sobre el plato y, acostado boca abajo, empezó a comerse las albóndigas. La primera de un saque. Las dos o tres siguientes casi en forma análoga a como se había comido los bienes y dineros de todo el pueblo, pese a que lo habían dejado robar y hasta, incluso, matar. Pero disimuladamente, por daños colaterales, con elegancia.
Pues bien, ahora que lo iban a matar a él, y, sin embargo, Herpes (el herpes es una enfermedad muy antiestética) era ajeno a cómo lo perseguían, había saciado su sed y ya estaba, sonriente de nuevo, engullendo una tras otra albóndiga y maquinando nuevos desmanes. Pero de pronto toda su situación retrocedió hasta cuando huía ya sin fuerzas, perdido. Ya que se molestó (falta de costumbre) al sentir que no podía cortar con los dientes uno de los fideos que acababa de tragar junto a una enorme albóndiga. Después de chupar bastante, de tironear infructuosamente, sintió un terrible dolor, un terrible pinchazo en su estómago, un fuerte tirón desde afuera y en un desgarro desde el estómago hasta la misma boca.
Espantado de dolor, Bitter, -por lo amargo, en inglés-, enloquecido del todo, agarró con sus manos el resistente fideo y volvió a tironear, recibiendo como respuesta un nuevo tirón que, además de producirle un sufrimiento claudicante, lo arrastró -con la mirada dispersa- hasta dentro del río, nueva Patria cuyo ambiente no propicio para su respiración terminó por matarlo, antes que lo masticaran sus nuevos ciudadanos, quienes no se cansan de repetir a los pescadores que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Horacio de Zuasnabar
hdezuasnabar@hotmail.com
DNI: 11.125.183. read more