Toda mi vida he conocido el taller o tienda Banacloche y he visto su evolución. Cada vez que salía del colegio ahí estaba, de frente. Empezó en el bajo de al lado, mucho más pequeño que el actual. Se cambió al de hoy y no había ni cartel en la puerta, todo el mundo sabía que ahí había un zapatero. Se modernizó y puso llamativos carteles anunciando su negocio. Desde ese momento todo el mundo se enteró de que el comercio se llamaba Banacloche, pues antes era, el zapatero de en frente del Colegio Claret.
Tiempo después se remodernizó informatizándose, se puso un ordenador, una camarita, foto a los zapatos, notita de qué hay que hacerles y adelante... Cuando vas a recogerlos ya no tienes que describir cómo eran tus zapatos, bolso, mochila, etc. y él los buscaba, a la antigua usanza, tal y como su padre hacía. Ahora ve la foto y se dirige a ellos rápidamente. Eso le ha ahorrado tiempo, y quebraderos de cabeza de el típico cliente de "esos no son, son de ese color pero con una hebillita" y luego eran de otro color y en vez de una hebillita, era un adorno. Confirmado que eso lo he visto con mis propios ojos. Pero funcionaba y tanto es así que aún sigue viva esta artesanal profesión. Tanto es así que incluso te hace desde zapato de baile de salón a zapato de fallera. Zapatero de los de toda la vida.
Siempre he sido y soy cliente suyo y es un lugar entrañable. Puede modernizarse con carteles, ordenadores y demás cosas para actualizar hoy en día tu comercio, pero conserva esa esencia de negocio de toda la vida, artesanal, de taller, de zapatero remendón a la antigua usanza, de llevar tus zapatos favoritos que te da pena tirar y devolvértelos reparados rozando el ser nuevos. Y personalmente para mí, me devuelve a los días que salía del cole y lo primero hacía era buscar la cara de mi abuelo, que venía a recogerme, y allí estaba, justo en la puerta de ese zapatero de enfrente del Colegio Claret. read more